Besos con Arroz


14.
julio 23, 2010, 4:37 pm
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La Montaña Rusa

Es de día, vamos saliendo de una fiesta pero buscamos otra. Llegamos a un colonia hermosísima llena de parques y glorietas, edificios viejos de ventanales redondos en las esquinas y marcos de herrería blancos. Mosaicos las fachadas. De colores unos y un enorme edificio verde en uno de los extremos del parque con mosaicos como láminas verdes y cortinas blancas cerradas.

Una de las casas es un “bar” de día. Que más bien funciona como una sala/casa de estar y tomar cervezas, pasar el tiempo en ajedrez y juegos de mesa. Todo acompañado de algunas droguitas. La gente es joven y estilosa y anda sentada en sillones viejos, sillas de fonda y cajones.

Mi acompañante y su barba me piden una cerveza y la comparte conmigo. Recorremos el lugar. Él va al baño. Yo me quedo arriba.

Arriba me encuentro con ella. Resulta que tenemos que hacer una revisión del lugar piso por piso. Es obligación de ambas y no puedo zafarme aunque quiera. Sé que me espera el otro abajo pero no pueden saber uno ni el otro de la presencia de cada quién. Entonces yo estoy metida en una situación que comienza en plática amable y termina en pleito y tensiones.

Paso un largo, larguísimo tiempo en esas. Hasta que tengo que bajar a ver qué pasa en el otro piso. El me sigue esperando. Camina por un patio interior y habla por teléfono mientras se toma una cerveza. Me saluda desde lejos y me hace una seña de que lo acompañe.

Entonces pasamos a otra habitación de techos bajos dónde está todo el equipo de sonido. Son tres chicos sentados con consolas y computadoras y un montón de cables pegados a unas ventanas horizontales opacas por las que entra un poco de luz. Para llegar ahí hay que subir una escalera plegable, misma que está en el camino con un soplete.

Cuando llego al último peldaño, el soplete se prende y sale volando aventando chispas. Luego se cae un garrafón con agua. Todo se torna en un brete espantoso por mi culpa. Pido perdón mil veces. Nadie se enoja. Fue un accidente. Sólo veo a uno de los chicos de sonido electrocutándose con todo y consola, mientras mi acompañante me lleva de vuelta al patio interior /descanso y prosigo con mis deberes de revisión.

Gracias a mi ausencia, las cosas están aún más tensas. La pelea continúa durante mucho tiempo hasta que me canso y le digo que me voy. Tomo mi bolsa y bajo al patio. El lugar está vacío.

Mi acompañante no está. Salgo a la calle y no veo el coche. A lo lejos cruza un muchacho y como no llevo lentes, grito su nombre, pero resulta que no es él. Me dejó y yo pienso “me pudo haber avisado, de menos un DM”. Pero entiendo que se haya ido.

Entonces camino sin rumbo buscando cómo volver a mi casa. No sé si estoy al sur, centro, norte o dónde en la ciudad. Camino por una indicación de un centro del Seguro Social que dice “Universidad”. Llego a una avenida grande donde cruza un metro y hay una manifestación de chicas de secundaria que claman a un ídolo cantante. Todas llevan gorras y banderas, playeras, muñecos, pancartas del tipo. El tipo (ahora que recuerdo) es mi amigo Drew.

Es tanta la confusión y el gentío que decido tomar por otra parte. Vuelvo a las calles de glorietas y edificios hermosos y el sol brilla y se refleja en cada mosaico. Es hermoso. Y no hay nadie, ni sonido. Está vacío como mis pies. No traigo zapatos.

Ni ropa común. Llevo mi camisón y mi bata. Ando en pijama. Pienso en lo premura de llegar a mi casa ante mi estado y mi atuendo, cuando se me aparece un letrero que dice Insurgentes Sur. Pienso, “perfecto, me voy en metrobus”.

Camino hacia donde indica la flecha y salgo a espaldas de la Feria de Chapultepec. Me río. Estoy en la maldita Feria de Chapultepec. ¿Cómo? Así, como me pasan a mí las cosas.

Llego a una explanada, con la montaña rusa de frente. Veo hacia arriba y me encuentro con una parvada de pájaros grandes y cafés, cientos dando vueltas, haciendo piruetas y figuras en el aire. Muchísimos pájaros como águilas vuelan juntos. Cierro los ojos y siento el viento y doy vueltas y me digo: “Disfrútalo, éste es uno de los momentos más bonitos de tu vida”.

Escucho una voz fuerte hablando en alemán. La busco. Es el entrenador de los que vuelan. Lleva un chaleco café, una gorra verde y unos Ray Ban. Tiene a todos unidos por unas tablas de madera y les enseña las figuras que forman en el aire. Son tres grupos de aves los que conforman el espectáculo.

Me doy cuenta de que estorbo en todo el proceso. Así que mientras los pájaros andan arriba yo corro hacia la avenida detrás de la montaña rusa para irme. En el camino, uno de los grupos baja y me encierra, me empujan y caigo sobre ellos.

Estoy asustada y apenadísima (después del desastre de soplete pienso “Qué torpe, qué horror”) cuando el grupo se levanta al vuelo de nuevo. El instructor les dice algo, pero suena bonito y calmado. El se ríe. Voy tomada de las barras de madera recargada sobre todos ellos, que me llevan a volar.

Después de unas vueltas, me dejan bajar. Y el instructor se acerca corriendo porque el aterrizaje me ha dejado tumbada en el piso. Dice “cuidado con las orejas” y siento un picotazo en una de ellas.

Despierto. Hay un montón de niños pequeños alrededor de mi cama. Una de ellas ha puesto un papel como lienzo sobre la pantalla de mi computadora. Todavía dormida y pensando “tengo que escribir el sueño antes de que lo olvide” arranco la hoja y le pregunto lo que pasa.

Me dicen que les han dicho que pueden jugar en mi cuarto. Son varios de ellos, todos de menos de siete. Uno de amarillo, otra de lila, una de naranja, otro de verde y uno más de azul. Todos iguales, de ojos grandes color miel y pelo lacio. La única que me habla es una nenita vestida de rojo y colitas. Están todos sentados alrededor mío. Me tocan el pelo y hablan entre sí y yo no entiendo nada. Pero no me molestan. Al contrario.

La de rojo finalmente me pide que le baje un juego que eligió de un estante, al cabo de decirles todos los títulos que alcanzo a ver en mi modorra y confusión (está el boggle, pero sé que no les va a gustar). Bajo del tapanco y me acerco a hacerlo cuando pienso: “yo no tengo estos juegos”.

Despierto.

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